Hay días en los que todo parece encajar. Nos levantamos con energía, las decisiones fluyen sin grandes problemas y hasta los obstáculos se sienten como desafíos llevaderos. Otros, en cambio, arrastramos una niebla densa: la desgana nos pesa, las dudas acechan y la insatisfacción se instala como un huésped incómodo. ¿La diferencia? Según Pilar Conde, psicóloga sanitaria y directora técnica de Clínicas Origen, gran parte de esa bruma tiene que ver con un concepto aparentemente abstracto, pero profundamente tangible: el propósito de vida.  

“Cuando no tenemos un claro propósito de manera prolongada nos revierte en desmotivación e insatisfacción, haciéndonos más vulnerables a presentar problemas emocionales”, advierte Conde. Pero, ¿qué significa realmente tener un propósito? ¿Cómo influye en nuestro día a día? Y, sobre todo, ¿cómo encontrarlo cuando parece esconderse entre las rutinas y las obligaciones?  

¿Un propósito? Más que una palabra de moda

Para muchos, la idea de un propósito vital evoca grandes actos como cambiar el mundo, dejar un legado o alcanzar la fama mundial. Sin embargo, Pilar Conde lo define con una claridad que desmonta mitos: “Es un motor de vida, nos permite mantener la motivación, la dirección hacia aquello que queremos conseguir. Está conectado con nuestros valores personales y nos compromete con las acciones y decisiones del día a día”.  

En otras palabras, no se trata de gestas épicas, sino de coherencia interna que nos haga sentir en paz con quienes somos, de ahí que sea tan difícil, ya que no es común para todos. Mientras que para alguien podría ser criar a sus hijos y pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ellos, para otro es construir una carrera exitosa, o simplemente aprender a vivir en paz con sus emociones. Lo esencial es que ese propósito actúe como brújula, no como una meta rígida.  

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Su impacto en el bienestar

La psicóloga enumera algunos de los beneficios de tener un propósito bien definido: desde el bienestar emocional y la resiliencia hasta la capacidad de priorizar o tomar decisiones con menos ansiedad. “Nos aporta autoestima, satisfacción, y nos ayuda a ordenar nuestras prioridades”, subraya.  

Pero hay algo más, tener un propósito claro, desarrolla una especie de ‘armadura psicológica’ ante las crisis. No es que eviten el dolor, pero sí gestionan mejor la incertidumbre. En cambio, su ausencia prolongada —advierte Conde— es un “factor de riesgo” para problemas como la depresión o la ansiedad. La clave está en que, sin dirección, nuestra mente tiende a alimentar círculos viciosos de pensamientos catastróficos.  

Imagina navegar sin mapa en aguas abiertas. Al principio, la libertad puede resultar estimulante, pero con el tiempo, la falta de rumbo agota. Así ocurre con quienes postergan la búsqueda de su propósito. “La desmotivación y la insatisfacción crónicas nos hacen más frágiles. En cambio, tener un propósito es un factor de protección”, arguye la psicóloga. Sin él, incluso los logros externos —un buen sueldo, reconocimiento social— pueden sentirse huecos. ¿La razón? Falta esa conexión íntima con lo que realmente nos importa.  

Cómo encontrar tu brújula (sin obsesionarte)

La buena noticia, según Conde, es que el propósito no es un tesoro escondido que debamos desenterrar de una vez. Es dinámico, puede evolucionar y, sobre todo, se construye con preguntas honestas:  

  1. ¿Qué me gustaría aportar al mundo? No hace falta salvar vidas; quizás sea escuchar a un amigo en crisis o crear arte que inspire.  
  2. ¿En qué momentos me he sentido plenamente satisfecho? Revisar el pasado ayuda: ¿Qué hacíamos entonces? ¿Qué valores estábamos honrando?  
  3. ¿A quién admiro y por qué? Las cualidades que valoramos en otros suelen reflejar aspiraciones propias.  

“Tiene mucho que ver con conocer nuestros valores personales y conectar con ellos”, insiste la psicóloga. Y añade un matiz crucial, la variabilidad: “Si algo deja de conectarnos con lo que nos movilizaba, está bien adaptarnos. La flexibilidad también es salud”.  

Si no tienes muy claro cuál es tu propósito, además de responder a las preguntas que sugiere Conde, puedes realizar este ejercicio práctico con el que, seguro, obtienes respuestas reveladoras:

  • Escribe tres experiencias pasadas donde hayas sentido orgullo o plenitud. ¿Qué estabas haciendo? ¿Qué valores estaban presentes (ejemplo: creatividad, justicia, familia)?  
  • Identifica un valor que quieras priorizar este mes. Por pequeño que sea el gesto —dedicar tiempo a un hobby abandonado, ayudar en una causa—, alinearse con él genera nuevas ideas.  

Recuerda que un propósito no exige grandes sacrificios ni resultados inmediatos. Como dice Pilar Conde, “es una guía, no una camisa de fuerza”. Se trata de vivir con intención, no con presión. De permitirnos recalibrar el rumbo cuando sea necesario. Y, sobre todo, de entender que incluso en los días grises, ese motor interno —aunque trabajando en silencio— nos protege de naufragar.  ¿La recompensa? Una vida no solo más plena, sino también más resistente. Porque, al final, no se trata de encontrar un sentido único, sino de aprender a caminar hacia él.